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“EL TIEMPO, EL SEXO Y LOS NEGOCIOS (O CóMO TITULAR UNA OPINIóN PARA QUE TE LEA ALGUIEN MáS QUE TUS PADRES)”, POR JAIME R. PARRONDO, SOCIO-DIRECTOR DE JJ COMUNICACCIóN

“Arrincone sus deseos de ser alto, guapo y delgadito; deje a varios lados el vano sueño de ganar ese “bote” de Euromillones que promete un potosí a un sólo ganador –los demás sorteos se han convertido en flatus vocis de azar pequeño– y olvídese de otras zarandajas: lo único necesario para llegar a triunfar, bien entre las mujeres, bien en el mundo de los negocios, es disponer de tiempo para ello.

Y no se trata de un tiempo cualquiera, sino de un tiempo sutil –y a veces inconsútil– que es razón y principio de todas las buenas aventuras. Las amorosas y las pecuniarias”.

Quizá hagan falta más cosas –señalará el astuto navegante y ocasional lector de este blog–, pero lo más cierto es que la única imprescindible es disponer de las horas y los minutos necesarios. No se puede adorar a la multinacional de turno, en la que se ofrecen los mejores años de una vida, pretender vanos honores sociales de los más aburridos familiares y compañeros de trabajo, mantener unas apariencias de honorabilidad burguesa, y encima, querer ser una reencarnación moderna de Don Juan o un Onassis redivivo.

Dado que tal tipo de vida es el común a la inmensa mayoría de nuestros compatriotas, aquel varón que se decida a convertirse en un buen amante y en un mejor emprendedor se verá inmediatamente acompañado de la soledad del héroe, y necesitará toda la virtud de los mártires para alcanzar sus gloriosos fines. Porque los amigos fallan, y ni se apuntan a acompañarte a una cena con un par de maravillosas jovencitas, ni se comprometen a invertir en tu idea empresarial. Los más sinceros reconocerán que no les apetece; los otros aducirán falta de tiempo para escuchar los pormenores, negocios o inversiones anteriormente contraídos y otras excusas por el estilo. Sic transit gloria amicitia.

Cuando J. B. Priestley escribió “La herida del tiempo”, no hizo sino expresar una gran verdad que tendría precisamente su rotunda afirmación en el título de otra de sus obras: “Los hombres del Juicio Final”. Tan importante era el concepto de tiempo para Priestley que no solamente se convirtió en parte fundamental de sus obra, sino que terminó por escribir “El hombre y el tiempo”, adonde remito al curioso lector si quiere enterarse de una vez por todas de que el tiempo no solamente es relativo, sino que rara vez tiene algo que ver con esos montones de segundos que amasan los relojes. Hasta un jurisperito calvo, ex asesor de una poderosa empresa estatal, es capaz de dominar el  “arte de troquelar” –en castiza expresión–, y obtener unos rendimientos empresariales aceptables, a condición de invertir algo del precioso tiempo necesario para triunfar en ambas lides.

No se sabe cómo lo consiguen, pero el hecho es incontrovertible: las mujeres disponen de más tiempo para ellas. No solamente son capaces de igualar, cuando no superar la actividad profesional del varón, y realizar una serie casi infinita de actividades llamadas –mal llamadas, por cierto– domésticas y aun parte importante de las que el varón todavía echa sobre sus bien torneados hombros, sino que además encuentran tiempo para ir a la peluquería, asearse, atildarse y hacerlo a menudo mejor que el varón en el terreno de los negocios.

Pero ni el perfecto amante, ni el emprendedor de pro se desanimarán ante tamaña inferioridad, y hallarán el mínimo tiempo preciso para admirarlas, escucharlas, acariciarlas y… copiar sus recónditas artes en el mundo de los negocios. Porque, una vez más, y en ambos terrenos, el amatorio o el financiero, el secreto, claro está, consiste en hablar con ellas. Sí el varón suele sentirse atraído hacia la mujer, como el mal fotógrafo hacia la fotografía digital, dando más importancia al sentido del tacto –del “ratón” del ordenador con el que retocan sus malas instantaneas– que a los de la vista y el buen sentido, a la hora de encontrar la iluminación perfecta, la mujer, que siempre ha sido mejor cazadora, considera el oído como pieza clave, delicada para el mundo amoroso, y precisa para desentrañar los ápices de un negocio. Quien esto escribe ha escuchado a su socio afirmar que “si fuese mudo, aún estaba virgen…”.

Así que para llegar a la excelsa cualidad de conquistador –menospreciada palabra en estos tiempos de modas y remodas, progresías y mesianismos sin cuento– y a la no menos eminente de genio de los negocios, los menos agraciados tienen una ventaja inicial: hubieron de aprender a utilizar sabiamente su tiempo. Ninguna mujer quedó instantáneamente deslumbrada por su aparición en un local de copas, ni se tiene noticia de banquero alguno que se enamorase de su iniciativa para montar un negocio con una simple ojeada a su plan de ídem. Casi no se conoce el caso de un “guaperas de bolera” que haya aprendido el menor rudimento de expresión oral, capaz de hacer sentir a una dama otra cosa que el primario y evanescente placer de un contacto entrechocado; ni los periódicos “salmón” han glosado jamás el panegírico de un atractivo heredero que haya llevado su negocio del garaje paterno a la planta 44 de Torre Picasso.

No hay pues casualidad alguna en que la gloriosa estirpe de los feos –y hay ejemplos más que sobrados en las revistas “del corazón”– llega a dominar, a poco que sus meninges suplan la macicez, el útil arte de escuchar y hablar a las mujeres, que constituye el método no precisamente cartesiano por el cual se alcanzarán los dulces goces horizontales y se averiguarán qué insospechados detalles mueven a pasar por caja a quienes manejan, no nos engañemos, el consumo en este santo país. Lo cual no es posible, convendremos en ello, sin un tierno, voluptuoso y siempre deslizante tiempo.

Haga buen o mal tiempo; evidentemente.