“¿PARA QUé NOS CAEMOS, SEñORITO WAYNE? PARA LEVANTARNOS DE NUEVO”, POR JAIME R. PARRONDO, SOCIO-DIRECTOR DE JJ COMUNICACCIóN
Jaime Parrondo
“El ‘alter ego’ de ese personaje de comic llamado Batman, el huérfano multimillonario Bruce Wayne, pasa sus último años de niñez, su adolescencia y sus primeros años de juventud al cargo y cuidado de Alfred. Un sabio mayordomo para todo –deliciosamente interpretado para el cine por Michael Caine– que le recuerda siempre la frase que encabeza estas líneas cada vez que el rico heredero sufre una caída. Y bien pensado, eso es exactamente lo que necesitaríamos que nos recordasen ahora: que ésta en una crisis, como todas, pasajera, y que las recesiones y los ciclos son –su propio nombre lo indica– recurrentes: aparecen periódicamente, cada cierto número de años, se haga lo que se haga y se oponga quien se oponga. Al menos así ha sido desde que el capitalismo es capitalismo, y de eso hace ya unos cuantos años...
Hay muchas teorías de por qué la economía crece de manera cíclica y no de manera continua; es decir, por qué, aunque la tendencia sea creciente, se producen altibajos periódicos. Pero lo cierto es que nunca recapacitamos en lo bien que estamos cuando estamos bien, y en cuanto vienen mal dadas todo es llorar y crujir de dientes. Por cierto, en otro pasaje del comic, Alfred trata de animar a su señor, un poco bajo de moral antes el devenir poco halagüeño de los acontecimientos con otro aforismo genial: “Todo empeora siempre… antes de mejorar”.
Que el lector sea sincero consigo mismo y se reconozca en estas palabras: la mayor parte de los seres humanos nos comportamos como si el presente fuera a durar indefinidamente. O por decirlo más técnicamente, extrapolamos el presente hacia el futuro. Las decisiones económicas se toman como si el futuro fuera a ser una simple continuación del presente, lo cual implica pensar que la economía va a evolucionar de manera continua, en vez de cíclica. Y esto es, precisamente, lo que causa los ciclos: que no se cree que vayan a tener lugar, como le sucedió al presidente español cuando dijo aquello de “una economía de ‘champions ligue’ a semanas escasas de empezar a vislumbrarse la debacle.
En economía, a menudo las expectativas se cumplen por sí mismas. Pero en otros casos, como en éste, se produce el efecto contrario: las expectativas, a la larga, se tornan contra sí mismas. La razón es sencilla, y la historia está llena de ejemplos: si las acciones suben en Bolsa, los ahorradores suponen que las subidas van a continuar, y compran; las compras hacen subir las cotizaciones, por lo que las expectativas se cumplen y aumentan los ahorradores deseosos de comprar. Las cotizaciones siguen subiendo; pero llega un momento en que los dividendos resultan insignificantes ante el precio de las acciones: los ahorradores dejan de comprar y las cotizaciones caen. Los accionistas suponen que van a seguir cayendo, y venden, lo cual hace que, en efecto, continúen cayendo. Ya tenemos aquí un ciclo económico. No es tan complicado ¿verdad?
Por eso resulta realmente curioso que la gente, que debería tener presente al menos la historia reciente, se sorprenda ante la llegada de una nueva crisis económica. Cierto es que estas coyunturas desfavorables se presentan cada vez de una forma algo diferente de la anterior; pero en esencia el mecanismo es siempre el mismo. Sin embargo, los agentes económicos, incluso los supuestos especialistas –desde el secretario general de la OCDE al último becario del suplemento de Economía de cualquier periódico de provincias– incurren una vez tras otra en la ilusión de creer que por fin se ha dado con la fórmula mágica del crecimiento continuo y que nunca va a llegar una fase de estancamiento. Así ocurrió hace ocho años con el fenomenal batacazo de las empresas tecnológicas (las otrora famosas “puntocom”), hace década y media con el Sistema Monetario Europeo (que se pensó que era algo milagroso que garantizaba la estabilidad de las equivalencias monetarias aunque divergiesen los niveles de inflación), etcétera.
Así que, aceptando lo que nadie ha sabido ver, nos queda por preguntarnos ¿cuánto va a durar esta crisis? ¿Puede decirnos acaso algo la Historia sobre este particular? Lo único claro es que puede durar una década, como duró la “crisis del petróleo” (cuando los países árabes convencieron a la mayoría de los miembros de la OPEP para que amenazasen con no exportar más petróleo a los países que habían apoyado a Israel durante la guerra del Yom Kippur, que enfrentaba a éste con Siria y Egipto; medida que incluía a Estados Unidos y a sus aliados de Europa Occidental), esto es, de mediados de los setenta a mediados de los ochenta; o como la “Gran Depresión” de los años treinta (el extraordinario desplome del precio de las acciones, con los tintes dramáticos de todos conocidos: un número elevadísimo de inversores vio cómo su dinero, en muchos casos tomado a crédito, se volatilizaba en cuestión de días, un “crash” bursátil que motivó una reacción en cadena en el sistema financiero, con numerosos bancos que empezaron a tener problemas de solvencia y de liquidez al acentuarse la desconfianza en su capacidad de rembolsar a los depositantes), o la crisis japonesa de los noventa (una de las mayores burbujas especulativas de la historia económica moderna: durante los años 80 Japón tuvo un elevado superávit comercial, que fue empleado por los bancos para la adquisición de tierra y acciones, cuyos precios comenzaron a crecer de manera espectacular hasta que el Banco Central de Japón, ante el riesgo inflacionista de la economía y la depreciación del yen frente al dólar, decidió aumentar el tipo de interés bancario: los precios de las acciones sufrieron un fuerte descenso y los de los bienes inmuebles cayeron; dado que las acciones tenían como garantía los bienes inmuebles, el sistema financiero se vino abajo). Cierto es que las más recientes duraron menos, unos dos o tres años. Pero esta crisis lleva visos de ser duradera a nivel internacional, porque existen graves incertidumbres acerca de los precios relativos de productos tan importantes como el petróleo y los alimentos, porque esta larga década precedente de bajos tipos de interés ha estimulado inversiones en sectores cuya viabilidad está ahora en entredicho, y porque, tras las recientes catástrofes bolsísticas, llevará mucho tiempo reconstruir un sistema internacional de crédito, hoy en ruinas.
Que estamos en una crisis profunda nadie lo duda. Incluso son muchas las voces que anticipan una prolongada recesión para una economía española, que se ha quedado sin motores alternativos a la construcción. Con ella se evaporaron nuestros delirios de grandeza. Y desde el mundo anglosajón se alzan voces cualificadas advirtiendo que nos encontramos ante la crisis más grave desde la Segunda Guerra Mundial. Esas afirmaciones no fomentan precisamente el optimismo en la calle. Porque si tal panorama se pronostica para economías más flexibles y diversificadas que la española, ¿qué sucederá aquí?
Llevamos ya un año desde que estallara el asunto de las hipotecas a personas sin posibles y sobre propiedades inmobiliarias claramente sobrevaloradas, y el desplome parece no tener final. La sensación de crisis financiera se agrava por semanas.
Así que éste y no otro es el panorama en el que nos toca desenvolvernos. Lo que procede es superar la fase de negación y tratar de adaptarnos cuanto antes. Mirar atrás y observar con ojos críticos los errores que casi todos cometimos, empujados por la alegría de los años de crecimiento descontrolado. En las memorias del ex presidente de la Reserva Federal estadounidense, Alan Greenspan, aparece una frase, que no por obvia deja de ser menos certera: “En la era de las turbulencias que en economía tan sólo existen dos estados naturales, el de euforia y el de pánico y que se pasa del uno al otro sin solución de continuidad”.
Pues eso: de la recién transcurrida euforia sólo nos quedan los rescoldos del recuerdo y el arrepentimiento por los excesos. El pánico se adueña de mercados y ánimos, y es ahora cuando debemos saber que todo lo que sube, baja, y viceversa; así que, como le recuerda a Bruce Wayne/Batman su mayordomo Alfred, “todo empeora siempre antes de mejorar. Por lo que, pasado un tiempo, que será más o menos largo, las aguas volverán a su cauce. Y mientras tanto, “economía de guerra”: reducir costes más o menos superfluos, mejorar la eficiencia –asunto que siempre se aplaza–, buscar nuevos mercados y ampliar el abanico de posibles clientes, adaptarse a la nueva situación y refinanciar lo que nos permitan los acreedores y las entidades financieras. Las empresas del mañana se forjan y cimientan en estos momentos.
No es la primera crisis a la que nos enfrentamos, y de cada una hemos aprendido algo e incluso hemos salido fortalecidos. Como escribe el siempre brillante y no menos realista ex ministro de Trabajo, Manuel Pimentel, “La crisis de finales de los cincuenta trajo los planes de estabilización y la década prodigiosa de los sesenta. La de los setenta, los Pactos de La Moncloa y la apertura de muchos años de bonanza. Estamos por ver qué ocurrirá tras esta crisis del 2007/2008. Si aprovechamos el momento para hacer adecuadamente las tareas, volveremos a sonreír en otra etapa de crecimiento con cimientos más sólidos”.
Tras casi década y media de crecimiento que ha suscitado la admiración del mundo occidental, la fiesta toca de nuevo a su fin. Pero no pasa nada. Recordemos de nuevo las palabras de Alfred/Michael Caine: “¿Para qué nos caemos, señorito Wayne? Para levantarnos de nuevo…”.